Rebuscando entre mis fotos me encontré con este recuerdo de
hace más de diez años. No se trata de uno de esos momentos que marcan un antes
y un después ni la imagen refleja un evento especialmente importante en sí mismo,
solo se trata de una interpretación que realice de un testimonio durante la
presentación del informe anual de CEAR, pero
cada vez que la veo recuerdo una etapa de mi vida profesional que cambió
profundamente mi manera de entender la comunicación, la ética y la
responsabilidad en la interpretación.
Durante más de doce años he trabajado como intérprete de
árabe en contextos de asilo y refugio, acompañando a personas que atravesaban
algunos de los momentos más importantes y difíciles de sus vidas. En esos
espacios aprendí que interpretar nunca consiste únicamente en trasladar
palabras de una lengua a otra.
La interpretación en este ámbito implica comprender
contextos culturales complejos, gestionar situaciones emocionalmente exigentes
y mantener un firme compromiso con la confidencialidad, la imparcialidad y el
respeto a los derechos de las personas. También implica enfrentarse, en
ocasiones, a situaciones en las que esos derechos no siempre son respetados, y
aunque no forme parte de nuestra función asumir un papel de representación o
defensa, creo que existe una responsabilidad ética y humana de recordar
determinados límites cuando se cruzan líneas que comprometen la dignidad, el
respeto o la calidad del proceso de comunicación.
También aprendí algo que no se suele valorar lo suficiente:
el impacto que una buena o mala interpretación y acompañamiento puede tener en
la vida de una persona solicitante de protección internacional.
Un gesto mal entendido, un contexto cultural ignorado o una
intervención poco profesional pueden afectar a la confianza, a la comunicación
y, en determinados momentos, al propio acceso a los derechos.
He visto también cómo la ausencia de empatía y la falta de
formación pueden generar situaciones especialmente problemáticas. Un/a
intérprete que juzga a la persona que tiene delante, que minimiza su relato o
que deja aflorar actitudes homófobas, machistas o racistas compromete la
calidad de la interpretación y la integridad del proceso. La neutralidad no significa
ser indiferente; consiste en prestar un servicio profesional, respetuoso y
libre de prejuicios, independientemente de quién sea la persona usuaria.
Con el tiempo he llegado a la conclusión de que hablamos
mucho de idiomas, de terminología y de técnicas de interpretación, pero
bastante menos de todo lo demás.
Hablamos poco de sesgos. Hablamos poco de responsabilidad.
Hablamos poco de qué ocurre cuando la persona que interpreta no comprende el
contexto que tiene delante o desconoce realidades que forman parte de la
experiencia de muchas personas refugiadas y solicitantes de asilo.
Y, sin embargo, son cuestiones muy importantes.
Por eso tengo claro que también debemos hablar de formación
especializada. No únicamente de idiomas, terminología o técnicas de
interpretación, sino de procedimientos de asilo y protección internacional,
diversidad, igualdad, comunicación intercultural, sesgos y ética profesional.
Son aspectos que rara vez ocupan el centro de la
conversación y, sin embargo, condicionan profundamente la calidad del trabajo
que realizamos.
A lo largo de los años he comprobado que una interpretación
técnicamente correcta no siempre es suficiente. La interpretación no ocurre en
el vacío. Ocurre en entrevistas, consultas, reuniones y procedimientos donde
las palabras tienen consecuencias reales sobre la vida de las personas.
Quizá por eso sigo pensando lo mismo que escribí hace años
cuando hablaba de traducción
humanitaria: las personas necesitan sentirse comprendidas y escuchadas,
especialmente cuando atraviesan situaciones difíciles. La comunicación no
consiste únicamente en transmitir información. También consiste en generar
confianza y permitir que una persona pueda explicar quién es, qué ha vivido y
qué necesita.
Mirando esta fotografía veo
una etapa profesional que me enseñó precisamente eso. Me enseñó que
interpretar no consiste únicamente en transmitir palabras. Consiste también en
transmitirlas con rigor, respeto y responsabilidad.
Es una reflexión a la que llevo tiempo dando vueltas y sobre
la que volveré más adelante. Porque cuanto más pienso en aquellos años, más
convencida estoy de que algunas de las conversaciones más importantes sobre
interpretación todavía están pendientes. Especialmente las relacionadas con la
ética, los prejuicios, la diversidad y la formación especializada que requieren
contextos tan complejos como el asilo y el refugio. También las relacionadas
con la atención a perfiles que suelen quedar fuera de muchos programas
formativos, como la comunidad LGBTIQA+ arabófona, cuyas experiencias ponen de
manifiesto hasta qué punto el conocimiento cultural, la sensibilidad hacia la
diversidad y la capacidad de interpretar sin prejuicios son tan importantes
como el dominio de los idiomas.


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